Los primeros en romperse son los que llegaron sedados y nunca vieron la fachada del edificio.
No tienen conciencia de la forma del encierro. No pueden crear una imagen mental de la jaula. Esos son los primeros que una noche se mastican la lengua y succionan hasta desangrarse.
Los que entraron caminando tienen más tiempo.
Este es el Stan Lee Memorial for Mental Deaseases:
Una trampilla de acero que se abre varias veces durante el día.
Cuatro metros cuadrados que hacen frontera con el mundo.
Ocho enfermeros que avanzan por los pasillos empujando carritos llenos de pastillas azules y rojas.
El lugar a donde vienen a parar los elementos que ya no funcionan, los que ya no pueden asistir a las oficinas ni cobrar cheques.
Las puertas de este hospital son las tijeras que cortan la rama torcida del árbol.
Cuando se cierran, lo que queda afuera puede seguir levantándose por las mañanas, tomar café y oprimir forward en sus correos electrónicos. Avanzar.
Lo que no, está condenado al polvo. Muere por omisión.
Si no sabes todo eso, empieza a masticar.
